TALLER & TESTIMONIOS · CDMX 17 AGO 2026

HISTORIA REAL · ESCRITA POR SU HIJO

Mi hijo pasó 3 meses investigando mi zumbido después de que le dije que ya lo había “aceptado”

No lo aceptó.

RM
Ramón M. 61 años · Mecánico automotriz jubilado, Ciudad de México

Tengo 61 años. Fui mecánico automotriz durante 34 años, con taller propio los últimos quince. Compresores de aire todo el día, pistolas neumáticas, motores en marcha, el radio siempre a todo volumen para escucharlo por encima del ruido. Nunca usé protección auditiva como se debía, la verdad, porque en esa época a nadie le importaba eso.

El zumbido empezó hace seis años. Al principio pensé que era cansancio, que se me iba a quitar con un buen descanso. Nunca se quitó.

Seis años de un pitido agudo encima de cada momento del día. Desayunando. Viendo la tele. Tratando de platicar con mi esposa. Tratando de dormir. Ahí está. Siempre está.

Fui con el otorrino del IMSS. Audiometría completa. “Hipoacusia leve por exposición laboral, zumbido común en su oficio, no tiene cura, aprenda a vivir con ello.”

No tiene cura. Me lo dijeron como quien avisa que va a llover.

Probé los suplementos que me recomendó el de la farmacia, ginkgo biloba, cuatro meses, nada. Unas gotas óticas que costaron cerca de 450 pesos, sin cambio. Una app de sonidos relajantes que en vez de ayudar me hacía sentir el zumbido más presente cuando la apagaba.

Gasté cerca de 4,800 pesos a lo largo de los años en cosas que no sirvieron de nada.

El día de las madres del año pasado, mi hijo me preguntó cómo iba el oído. Le dije: “está bien, ya es parte de mi vida, ni le presto atención.”

Me miró como me miraba cuando llegaba del taller diciendo que no estaba cansado.

“El médico dijo que no hay cura para el OÍDO. ¿Y si no es el oído?”

No entendí a qué se refería. Ahí lo dejó. Pero mi hijo es de los que no sueltan las cosas. Estudió ingeniería, no medicina, pero sabe investigar, buscar fuentes, no quedarse con lo primero que encuentra.

Tres meses se pasó en esto. Tres meses leyendo artículos, buscando a las dos de la mañana.

Domingo por la tarde · llamada con mi hijo

Él: “Papá, tengo que platicarte de algo. Un compañero de la universidad, Iván, tiene un papá con el mismo problema desde hace años, y me contó que encontró algo que de verdad le funcionó. No es sobre el oído. Es sobre el nervio auricular.”

Yo: “¿El qué?”

Él: “El nervio detrás de tu oreja. Después de años de exposición al ruido, se queda atascado mandando señales a tu cerebro. Tu cerebro las interpreta como sonido. Eso es el zumbido.”

Me dijo que Iván le pasó el enlace de la página de un producto llamado Nefca, con toda la explicación del mecanismo, escrita por un audiólogo. Por qué fallan los suplementos, porque no pueden apuntar a un nervio específico. Por qué falla el ruido de fondo, porque tapa el síntoma pero el nervio sigue disparando igual.

“Es un dispositivo pequeño,” me dijo, “que se aplica justo en ese punto detrás de la oreja, unos minutos antes de dormir. Manda una señal calmante directo al nervio. El nervio se tranquiliza. El zumbido baja.”

Le dije que sonaba demasiado simple. Me dijo: “papá, dejaste que un médico te dijera ‘aprenda a vivir con ello’ y le hiciste caso seis años. Nada más entra a la página y lee cómo lo explican. Si es una tontería, perdiste cinco minutos. Si es real, recuperas tu vida.”

Así que entré y leí. La explicación estaba escrita de una forma que ningún médico me había dado nunca. Mostraba dónde está el nervio auricular, con diagramas. Explicaba exactamente por qué se atasca y cómo la estimulación en ese punto lo reinicia.

Todo tuvo sentido de golpe. Cada suplemento fallido. Cada gota inútil. Cada médico encogiéndose de hombros diciendo “aprenda a convivir.” Todos apuntando al lugar equivocado.

Pedí el dispositivo esa misma noche. Llegó a los cuatro días. Lo apliqué justo detrás de la oreja, tal como lo explicaba la página. Unos minutos antes de dormir.

El zumbido bajó. No del todo. Pero lo suficiente para voltear con mi esposa y decirle: “está más bajito.”

Esa misma noche

Ella: “¿Qué está más bajito?”

Yo: “El zumbido. De verdad está más bajito.”

Se le salieron las lágrimas antes que a mí.

Lo usé de nuevo antes de dormir. Dormí seis horas seguidas. No dormía seis horas sin despertarme por el zumbido desde antes de que se casara mi hijo.

Cómo lo fui sintiendo — semana a semana (percepción propia, escala 1–10)

Antes
8 / 10
Semana 1
6 / 10
Semana 2
4 / 10
Semana 3
2 / 10
Basado en el relato de Ramón. No es una medición clínica ni representa resultados garantizados.

Para la segunda semana, fui a desayunar con mi esposa y escuché a la mesera sin tener que inclinarme.

Para la tercera semana, me senté en la banqueta afuera del taller al atardecer y escuché a los pájaros. Le llamé a mi hijo para contarle. Él también se puso a llorar.

Llevo ya siete semanas. Uso el dispositivo cada mañana y cada noche. El zumbido está en un dos la mayoría de los días. Algunos días se me olvida por completo que lo tengo.

Mi hijo se pasó tres meses investigando porque se negó a aceptar lo que yo ya había aceptado. Tenía razón.

Se lo he compartido a cuatro compañeros de otros talleres, todos con el mismo problema por años de trabajar con la misma maquinaria. Tres ya lo pidieron. Los tres me dijeron lo mismo: “¿por qué nadie nos había dicho lo del nervio?”

No tengo respuesta para eso. Pero sé que esa página me explicó más en cinco minutos que cualquier consulta médica en seis años.

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Es la misma página que me compartió el amigo de mi hijo
P.D. de Ramón Mi compadre Beto, 58 años, también mecánico, con zumbido desde hace ocho años, lo pidió después de que se lo enseñé. Me llamó al día siguiente y me dijo: “oí el timbre de mi casa. No el zumbido. El timbre. Primera vez en años.” Su esposa le mandó flores a mi hijo por WhatsApp. No estoy inventando eso.
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