TALLER & TESTIMONIOS · MONTERREY, N.L. 17 AGO 2026

HISTORIA REAL · ESCRITA POR ELLA MISMA

Mi hija pasó 4 meses investigando el zumbido de mi mamá después de que ella dijo que ya lo había “aceptado”

No lo aceptó.

AG
Alicia G. 57 años · Maestra de educación física jubilada, Monterrey

Tengo 57 años. Fui maestra de educación física durante 30 años, en la misma primaria en Monterrey. Silbato todo el día, gimnasio con eco, niños gritando en el recreo, bocina del sistema de sonido a todo volumen para las ceremonias. Nunca pensé que eso me iba a pasar factura.

El zumbido empezó hace cinco años, poco antes de jubilarme. Pensé que era el estrés de los últimos meses de trabajo. Nunca se fue.

Cinco años de un pitido constante encima de cada momento de mi día. Cocinando. Viendo mis novelas. Tratando de platicar con mi esposo. Tratando de dormir. Ahí sigue. Siempre ahí.

Fui con el otorrino particular, y después con uno del IMSS para confirmar. Audiometría dos veces. “Presbiacusia leve, zumbido asociado a la edad y a exposición sonora acumulada, sin cura conocida, aprenda a convivir con ello.”

Sin cura. Me lo dijeron como quien confirma la hora.

Probé las gotas que me recomendó la farmacéutica, 500 pesos, nada. Un humidificador con sonido de lluvia, 1,400 pesos, que ayudaba mientras estaba prendido y en cuanto lo apagaba regresaba exactamente igual. Un tratamiento con una terapeuta de relajación, cinco sesiones, casi 2,600 pesos, útil para mi ansiedad pero sin ningún cambio real en el zumbido.

Gasté más de 4,500 pesos en cosas que no cambiaron nada.

En mi cumpleaños del año pasado, mi hija me preguntó cómo iba el oído. Le dije: “está bien, hija, ya es parte de mi vida, ya ni le hago caso.”

Me miró como me miraba de niña cuando llegaba de dar clases y le decía que no estaba cansada.

“El médico dijo que no hay cura para el OÍDO. ¿Y si el problema no es el oído?”

No entendí qué quería decir. Ahí lo dejó. Pero mi hija es bióloga, y de las que no sueltan las cosas cuando algo no le cuadra.

Cuatro meses se pasó en esto. Cuatro meses leyendo artículos científicos, viendo conferencias, buscando de madrugada.

Sábado por la mañana · llamada con mi hija

Ella: “Mamá, tengo que platicarte de algo. Una compañera del laboratorio, Paola, tiene una mamá con el mismo problema desde hace años, y me contó que encontró algo que de verdad le funcionó. No es sobre el oído. Es sobre el nervio auricular.”

Yo: “¿El qué?”

Ella: “El nervio detrás de tu oreja. Después de años de exposición a ruido fuerte, se queda atascado mandando señales a tu cerebro. Tu cerebro las interpreta como sonido. Eso es el zumbido.”

Me contó que Paola le pasó el enlace de la página de un producto llamado Nefca, con la explicación completa del mecanismo, escrita por un audiólogo. Por qué fallan las gotas, porque actúan de forma general en el cuerpo, no en un nervio específico. Por qué falla el ruido de fondo, porque tapa el síntoma pero el nervio sigue mandando la señal igual.

“Es un dispositivo,” me dijo, “que se aplica justo en ese punto detrás de la oreja, unos minutos antes de dormir. Manda un pulso calmante directo al nervio. El nervio se tranquiliza. El zumbido baja.”

Le dije que sonaba demasiado sencillo. Me dijo: “mamá, dejaste que un médico te dijera ‘aprenda a convivir con ello’ y le hiciste caso cinco años. Nada más entra a la página y lee cómo lo explican. Si no es nada, perdiste cinco minutos. Si es real, recuperas tus jueves con tus amigas.”

Así que entré y leí. La explicación estaba escrita de una forma que ningún médico me había dado en cinco años. Mostraba dónde está el nervio, con diagramas. Explicaba exactamente por qué se atasca y cómo estimular ese punto lo reinicia.

Todo tuvo sentido de repente. Cada gota inútil. Cada aparato de sonido que solo tapaba el problema. Cada médico diciendo “aprenda a convivir.” Todos apuntando al lugar equivocado.

Pedí el dispositivo esa misma noche. Llegó a los cinco días. Lo apliqué detrás de la oreja, tal como lo explicaba la página. Unos minutos antes de dormir.

El zumbido bajó. No completamente. Pero lo suficiente para voltear con mi esposo y decirle: “está más bajito.”

Esa misma noche

Él: “¿Qué está más bajito?”

Yo: “El zumbido. De verdad está más bajito.”

A él se le salieron las lágrimas antes que a mí.

Lo volví a usar antes de dormir. Dormí seis horas seguidas. No dormía así desde antes de jubilarme.

Cómo lo fue sintiendo — semana a semana (percepción propia, escala 1–10)

Antes
8 / 10
Semana 1
6 / 10
Semana 2
4 / 10
Semana 3
2 / 10
Basado en el relato de Alicia. No es una medición clínica ni representa resultados garantizados.

Para la segunda semana, fui al café con mis amigas por primera vez en meses y pude seguir la conversación sin pedirles que repitieran nada.

Para la tercera semana, me senté en el patio al atardecer y escuché a los pájaros con claridad. Le llamé a mi hija para contarle. Ella también se puso a llorar.

Llevo ya ocho semanas. Uso el dispositivo cada mañana y cada noche. El zumbido está en un dos la mayoría de los días. Algunos días se me olvida que lo tengo.

Mi hija se pasó cuatro meses investigando porque se negó a aceptar lo que yo ya había aceptado. Tenía razón.

Se lo he compartido a tres excompañeras maestras, todas con el mismo problema después de tantos años de gimnasio y silbato. Dos ya lo pidieron. Las dos me dijeron lo mismo: “¿por qué ningún médico nos habló del nervio?”

No tengo respuesta para eso. Pero sé que esa página me explicó más en cinco minutos que cualquier consulta en cinco años.

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Es la misma página que le compartió Paola a mi hija
P.D. de Alicia Mi comadre Lupita, 60 años, también maestra jubilada, con zumbido desde hace siete años, lo pidió después de que se lo enseñé. Me llamó al día siguiente y me dijo: “oí el timbre del microondas. No el zumbido. El timbre. Primera vez en años.” Su hija le escribió a la mía dándole las gracias. No estoy inventando eso.
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