TALLER & TESTIMONIOS · PUEBLA, PUE. 17 AGO 2026

HISTORIA REAL · ESCRITA POR ÉL MISMO

Mi nieto pasó 4 meses investigando mi zumbido después de que le dije que ya lo había “aceptado”

No lo aceptó.

SR
Don Salvador R. 68 años · Chef de cocina industrial jubilado, Puebla

Tengo 68 años. Fui chef de cocina industrial durante 38 años, en restaurantes y hoteles de Puebla. Extractores todo el turno, licuadoras, campanas de cocina, gritos de línea entre cocineros para pasar los pedidos. Nunca me imaginé que eso también se me iba a acumular en el oído.

El zumbido empezó hace diez años, ya cerca de jubilarme. Pensé que era el cansancio de tantos años parado frente a la estufa. Nunca se fue.

Diez años de un pitido agudo encima de cada momento de mi día. Desayunando. Viendo mis programas de cocina. Tratando de platicar con mi esposa. Tratando de dormir. Ahí está. Siempre está.

Fui con el otorrino particular. Audiometría completa. “Hipoacusia por exposición sonora ocupacional, muy común en su oficio, sin cura, aprenda a vivir con ello.”

Sin cura. Me lo dijeron como quien confirma la hora.

Probé un jarabe con ginkgo biloba que me recomendó una vecina, cerca de 700 pesos entre las cajas, sin ningún cambio. Unas gotas homeopáticas, 500 pesos, nada. Un tratamiento con un especialista en terapias alternativas, cinco sesiones, casi 2,200 pesos, sin ningún resultado real.

Gasté más de 3,400 pesos en cosas que no sirvieron de nada.

En mi cumpleaños del año pasado, mi nieto me preguntó cómo iba el oído. Le dije: “está bien, hijo, ya es parte de mi vida, ya ni le presto atención.”

Me miró como me miraba de chiquito cuando llegaba del restaurante y le decía que no estaba cansado.

“El médico dijo que no hay cura para el OÍDO. ¿Y si el problema no es el oído?”

No entendí a qué se refería. Ahí lo dejó. Pero mi nieto está en la carrera de medicina, y de los que no sueltan algo que no les cuadra del todo.

Cuatro meses se pasó en esto. Cuatro meses leyendo artículos entre clases, viendo conferencias grabadas de sus profesores, buscando de madrugada después de estudiar.

Domingo · llamada con mi nieto

Él: “Abuelo, tengo que platicarte de algo. Un compañero de la facultad, Emilio, tiene un abuelo con el mismo problema desde hace años, y me contó que encontró algo que de verdad le funcionó. No es sobre el oído. Es sobre el nervio auricular.”

Yo: “¿El qué?”

Él: “El nervio detrás de tu oreja. Con tantos años de ruido de cocina, se sobreestimuló y se quedó atascado mandando señales a tu cerebro. Tu cerebro las interpreta como sonido. Eso es el zumbido.”

Me contó que Emilio le pasó el enlace de la página de un producto llamado Nefca, con la explicación completa del mecanismo, escrita por un audiólogo. Por qué fallan los jarabes y las gotas, porque actúan de forma general, no en un nervio específico. Por qué falla la relajación general, porque no toca ese punto exacto.

“Es un dispositivo pequeño,” me dijo, “que se aplica justo detrás de la oreja, unos minutos antes de dormir. Manda un pulso calmante directo al nervio. El nervio se tranquiliza. El zumbido baja.”

Le dije que sonaba demasiado simple para diez años de esto. Me dijo: “abuelo, dejaste que un médico te dijera ‘aprenda a vivir con ello’ y le hiciste caso diez años. Nada más entra a la página y lee cómo lo explican. Si no es nada, perdiste cinco minutos. Si es real, vuelves a salir al patio con nosotros.”

Así que entré y leí. La explicación estaba escrita de una forma que ningún médico me había dado nunca. Mostraba dónde está el nervio, con diagramas. Explicaba exactamente por qué se atasca en gente expuesta a ruido de cocina por décadas, y cómo estimular ese punto lo reinicia.

Todo tuvo sentido de golpe. Cada jarabe sin efecto. Cada sesión de terapia sin resultado. Cada médico diciendo “aprenda a convivir.” Todos apuntando al lugar equivocado.

Pedí el dispositivo esa misma noche. Llegó a los cinco días. Lo apliqué detrás de la oreja, tal como lo explicaba la página. Unos minutos antes de dormir.

El zumbido bajó. No por completo. Pero lo suficiente para voltear con mi esposa y decirle: “está más bajito.”

Esa misma noche

Ella: “¿Qué está más bajito?”

Yo: “El zumbido. De verdad está más bajito.”

Se le salieron las lágrimas antes que a mí.

Lo usé de nuevo antes de dormir. Dormí seis horas seguidas. No dormía así desde antes de jubilarme.

Cómo lo fue sintiendo — semana a semana (percepción propia, escala 1–10)

Antes
8 / 10
Semana 1
6 / 10
Semana 2
4 / 10
Semana 3
2 / 10
Basado en el relato de Don Salvador. No es una medición clínica ni representa resultados garantizados.

Para la segunda semana, salí al patio con mis nietos una tarde entera y escuché sus risas sin ese pitido de fondo.

Para la tercera semana, fui a comer con mi esposa a un restaurante y escuché a la mesera sin inclinarme hacia ella. Le llamé a mi nieto para contarle. Él también se puso a llorar.

Llevo ya ocho semanas. Uso el dispositivo cada mañana y cada noche. El zumbido está en un dos la mayoría de los días. Algunos días se me olvida que lo tengo.

Mi nieto se pasó cuatro meses investigando porque se negó a aceptar lo que yo ya había aceptado. Tenía razón.

Se lo compartí a dos excompañeros de cocina, ambos con el mismo problema después de tantos años de extractores y campanas. Los dos ya lo pidieron. Los dos me dijeron lo mismo: “¿por qué ningún médico nos habló del nervio?”

No tengo respuesta para eso. Pero sé que esa página me explicó más en cinco minutos que cualquier consulta en diez años.

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Es la misma página que le compartió Emilio a mi nieto
P.D. de Don Salvador Mi compadre Toño, 65 años, también chef jubilado, con zumbido desde hace más de doce años, lo pidió después de que se lo enseñé. Me llamó al día siguiente y me dijo: “oí el timbre de la puerta. No el zumbido. El timbre. Primera vez en años.” Su esposa le escribió a mi nieto dándole las gracias. No estoy inventando eso.
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